
He aprendido muchísimas cosas viajando sola. Y aunque es difícil condensar años de tránsito en unas pocas líneas, hay un fenómeno que se repite cada vez que cruzo una nueva frontera: Mi sistema de verdades se tambalea.
La primera vez que salí de Venezuela fue hacia Estados Unidos. Salí sola, pero alguien me esperaba. Durante los seis meses que pasé ahí, siempre estuve acompañada. Mi “burbuja” seguía intacta porque el entorno se adaptaba a lo que yo ya conocía.
La verdadera prueba llegó en París.
Del juicio a la observación
Cuando llegué a Francia, mi mente funcionaba bajo una regla rígida: “la gente aquí no sabe cómo hacer las cosas”. Según yo, lo “correcto” era lo que yo había aprendido en Venezuela; todo lo demás era un error de diseño o de lógica. Ese era mi sistema mental.
Me tomó tiempo (y mucha observación) darme cuenta de que mis «verdades» eran solo costumbres. Un ejemplo sencillo (y quizás gracioso) fue el diseño de los baños. En Francia, suelen separar el inodoro de la ducha (les toilettes y la salle de bain). Al principio pensaba que era absurdo. En mi mundo, el inodoro y la ducha iban juntos. Punto.
Pero luego empecé a comparar: ¿Venezuela o Francia? ¿Cuál es más eficiente? ¿Hay realmente uno correcto? La respuesta fue incómoda y liberadora al mismo tiempo:
Ninguno. Solo son caminos distintos para cumplir un mismo fin. No era uno mejor que el otro, eran adaptaciones distintas al mundo.
Ese fue el momento en que mi burbuja personal empezó a agrietarse.
Reventar burbujas
A partir de ese momento, mis ojos cambiaron. Cada nuevo destino dejó de ser un lugar para juzgar y se convirtió en un lugar para observar. Una oportunidad para “reventar burbujas”.
A veces, la comparación no es neutra. A veces, descubres que el estilo de otro mundo encaja mejor contigo que el tuyo propio. Siguiendo con la temática del baño: descubrí que prefiero mil veces el sistema de la India, con su manguera de agua, algo que ni en Venezuela ni en Francia (los mundos que yo conocía) existía.
Cada nuevo lugar ha sido como integrar un nuevo criterio a mi sistema operativo. Un recordatorio constante de que, por muy segura que esté de algo, siempre existe otra perspectiva y el software se puede actualizar.
La ciencia de la incertidumbre
Me gusta pensar en esto como en la ciencia: lo que hoy es una ley absoluta, mañana cambia porque apareció un nuevo estudio. Mi mente no está excluida de esa regla. Una vida entera no alcanza para conocer todas las variables y llegar a una «respuesta correcta» sobre cómo vivir.
Sin embargo, explorar perspectivas y estilos de vida contrastantes me ha ayudado a mejorar mi percepción y, sobre todo, a tomar mejores decisiones sobre qué es eficiente y preferible para mí.
No se trata de copiar todo lo que vemos. Se trata de elegir con criterio.
El alivio de ser «extraterrestre»
Viajar sola ha sido, en última instancia, un proceso de descubrimiento de mi propia identidad.
Aunque tengo un gran sentido de pertenencia hacia mi país, cuando vivía allá me sentía como una extraterrestre. Muchas cosas no encajaban, especialmente la forma de abordar la vida. Viajar me dio el alivio más grande que ha sentido mi alma: descubrir que no estaba loca, simplemente estaba en el entorno equivocado. Mis «verdades» no eran erróneas, solo necesitaban un paisaje distinto para florecer.
Viajar sola me enseñó a cuestionar mis certezas.
A flexibilizar mi mente.
A elegir con conciencia.
Y quizás lo más importante:
Me enseñó que mi identidad no está fija en un territorio.
Está en evolución constante.
Y para ti, ¿Cuál ha sido esa ‘costumbre’ extranjera que al principio te pareció una locura y hoy es parte de tu vida? Cuéntame tu historia de burbuja reventada aquí abajo.

