
¿Es realmente una obligación amar a la madre?, ¿cómo afecta no recibir amor en la infancia y qué hacer con la culpa de no sentir cariño hacia ella? En este artículo exploramos la herida de la madre.
El conflicto de existir
Desde muy temprana edad tuve una conciencia extraña de mi entorno, sentía que era una niña adulta en un mundo de adultos que actuaban como niños. Nada tenía sentido.
Con menos de 12 años tuve mi primera crisis existencial. Me quería morir y un día intenté asfixiarme con una almohada, pero cuando empecé a quedarme sin aire me dio miedo y aborté el plan. Seguí existiendo, pero en conflicto.
El detonante: No sentirme querida por quienes se suponían debían ser mi fuente de amor y por el contrario sentirme maltratada. Me preguntaba. “¿Para qué me trajeron al mundo si no me iban a querer? ¿Quién en su sano juicio querría nacer para sufrir? Deseaba no haber nacido.
La culpa de no amar a mi madre
Durante gran parte de mi vida cargué con la culpa de no sentir amor hacia mi madre. Escuchaba el dicho “a los padres se les ama por encima de todo”, y me sentía como una mala persona.
La vida seguía avanzando pero la incomodidad persistía. Así que decidí intentar resolver el conflicto por todos los medios posibles: Terapia, cartas sin enviar, meditaciones, constelaciones familiares, libros de psicología, etc.
Al indagar en la historia personal de mi madre, algo empezó a encajar a nivel intelectual. Comprendí que ella no era sino otra víctima de un linaje de vínculos tóxicos y maltratos heredados. Entendí que ella no podía darme lo que nunca recibió y que por eso no la podía condenar.
Mi mente consciente procesa y entiende esto. Intento olvidar el pasado y seguir adelante con mi vida.
Los gritos del subconsciente
A pesar de haber procesado a nivel intelectual que mi madre hizo lo mejor que pudo con los recursos que tenía, mi subconsciente me gritaba que el conflicto aún seguía ahí. Tenía pesadillas donde yo estaba en medio de un enfrentamiento con mi madre, ella me gritaba y me decía cosas muy fuertes, mientras la escuchaba yo sentía un odio profundo hacia ella, el mismo odio que ella sentía por mi. Me despertaba con los nervios alterados.
Las pesadillas me hacían volver a escribir, a analizar, a hablar con ella, a intentar cerrar algo que no terminaba de cerrarse.
El conflicto del presente: llamadas que duelen
Me di cuenta de que mi conflicto se reactivaba con ciertas interacciones con mi madre. Por ejemplo, cuando de un día para otro empezó a terminar nuestras llamadas diciéndome lo mucho que me quería. Algo que, en teoría, debería haber sido positivo.
Pero en mí generaba rechazo. No sentía que era real. Los hechos, la historia probaban lo contrario. Y entonces aparecía un nuevo conflicto:
- No podía decirle “yo también” porque no lo sentía
- No decirlo me hacía sentir culpable
- Decirlo sería mentir
Empecé a temer nuestras llamadas. Sabía cómo iban a terminar. Hasta que un día puse un límite:
le pedí que dejara de hacerlo.
Dos mundos opuestos
A lo anterior se sumaba otra realidad: mi madre y yo operamos bajo sistemas de pensamiento muy distintos y por eso en nuestras interacciones actuales se generan choques que terminan reactivando las viejas heridas. Entonces apareció una nueva interrogante: ¿cómo me libero del pasado si el presente sigue igual?
La resolución: apagar el “Modo Reparación”
Mi resolución no es un final de película, es una decisión de supervivencia:
- Fin del modo reparación: Ya hice mi parte del trabajo. No me corresponde arreglar un vínculo que se rompió desde el origen.
- El contacto administrado: Limitar la interacción al mínimo necesario para no desgastarme. Si en el futuro surge una conexión genuina, habrá espacio; mientras tanto, el silencio es mi refugio.
- Aceptación radical: Ella es quien es, y yo soy quien soy. La distancia no es castigo, es mantenimiento preventivo.
Durante mucho tiempo creí que yo era el problema. Hoy entiendo algo distinto: no fui culpable
solo cargué con cosas que no me correspondían. Y aunque eso no borra la herida, ese entendimiento me permite por fin respirar un poco más libre.
Reflexión final
El dicho de que “los hijos deben amar a los padres sobre todas las cosas” es una trampa. Aquí el por qué:
- La vida no es un préstamo: un hijo no elige nacer; es una decisión de los padres. No se puede cobrar una deuda a alguien que no firmó un contrato.
- Los vínculos afectivos nacen del cuidado, no del parentesco. El amor no es obligatorio, es recíproco. Forzar el amor por el “deber” genera culpa y ansiedad. El amor auténtico se gana con respeto y presencia, no se exige por jerarquía.
Así que te pregunto a ti, que llegaste hasta aquí: ¿has estado forzando un amor que no se te dio? ¿Y si dejaras de hacerlo, qué pasaría?
Si te interesó este análisis sobre el vínculo materno, quizás quieras leer mi reflexión sobre [La herida del padre: El límite como escudo].
O para profundizar en la sanación de lo que nunca se dijo, puedes leer el cierre de esta serie: [Limpiar debajo de la alfombra: Un virus generacional].



